OPINIÓN | Andrés Arauz, el candidato que pudo ser y no fue.

Una contienda electoral, como la que acabamos de presenciar, es dentro del mundo político, lo más cercano a una guerra. En estricto sentido figurado, presenciamos un espectáculo bélico inolvidable, disputado al máximo de las capacidades de los equipos de campaña, con una victoria épica de Guillermo Lasso, quien contra todo pronóstico, logró revertir una amplia desventaja, y ahora gobernará.

A propósito de lo antes dicho, vale citar al novelista británico George Orwell, quien en su obra 1984, acuñó una frase que trascendió en el tiempo: “La historia la escriben los vencedores”.

De ser así, lo que recordaríamos de esta elección presidencial serían, fundamentalmente, los relatos de la heroica remontada de Lasso, y definitivamente la expresión que noqueó las aspiraciones de su rival, y que se transformó en una tendencia lapidaria e irreversible: «Andrés, no mientas otra vez».

No obstante, algo inesperado sucedió la mismísima noche de la elección; Andrés Arauz decidió colarse en la historia de los vencedores, y lo hizo pisando fuerte, aceptando la victoria de su adversario. Un anuncio que sacudió positivamente al país.

El joven candidato del correismo, acertadamente, resolvió romper con la triste tradición del candidato perdedor, acostumbrado a negar y ensuciar la victoria de su contrincante. Aquella noche, Arauz se propuso ser parte de la fiesta democrática que vivía el Ecuador, un festejo reservado únicamente para los ganadores de la elección.

El decente gesto de Andrés Arauz, recibió el aplauso unánime del Ecuador, que atemorizado, esperaba padecer días de incertidumbre e inestabilidad; especialmente, teniendo en cuenta las arrebatadas amenazas vertidas por el expresidente Correa, quien en las horas previas a la elección, difundió rumores de un supuesto fraude en contra de su candidato, disponiendo así un escenario conflictivo y tenso.

Arauz, con o sin la venia de su mentor político, echó al traste las aspiraciones incendiarias de Correa, apagando de golpe cualquier intentona de desconocer la victoria de Lasso; logrando erigirse como un demócrata, capaz de apegarse a las reglas del juego electoral; una jugada estratégica que puede haber torcido el pobre destino político que le aguardaba.

Aquella noche todos quienes esperábamos los resultados oficiales, presenciamos el discurso de Andrés Arauz; quien muy tarde, para efectos electorales pero justo a tiempo para sus futuros objetivos políticos; demostró un lado desconocido en el espectro proselitista; un discurso genuino y humano; Arauz le puso rostro a la derrota, golpeado por la decepción, enseñó su lado más vulnerable, una imagen que le hubiera servido mucho más que aquel prefabricado tecnócrata soberbio, concebido únicamente para defender con discursos antiguos y beligerantes el legado de Correa.

Arauz nunca comprendió la dinámica electoral que le imponía un país golpeado por múltiples crisis y división social; solamente en su ocaso, liberado de la responsabilidad de cargar con un proceso político para el que no estaba preparado, al pronunciar su discurso de capitulación, Andrés Arauz pudo ser el candidato, que nunca fue.

García Márquez, en Crónica de una muerte anunciada, escribía, “Mi impresión personal es que murió sin entender su muerte”. Frase icónica que me lleva a realizar una reflexión final.

Pues bien, habiendo atestiguado el discurso del candidato perdedor; mi impresión personal es que a diferencia del personaje referido por García Márquez, Andrés Arauz si fue capaz de comprender su propia muerte; logró contagiar con ilusión a sus derrotados seguidores, emitiendo un mensaje democrático potente para sus opositores, quienes de buena gana aceptaron su gesto de rendición, pero que ahora miran de reojo a un rival que amenaza con reinventarse.

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