OPINIÓN | La ciudad de los muertos

El sol castigaba con implacable rigor cada rincón de la ciudad, parecería que sus brasas, ciegas de agobiante furia, buscan espantar al extraño y mortal invasor; será porque en las esquinas el populacho comenta, que el calor ahuyenta la peste?. El viento por su parte, deambula silencioso por las calles, como si temiera cargar en su brisa, un aliento de dolor, un aroma de muerte. El río también se contagió de temor, sus aguas antes danzantes e inquietas, en estos días yacen inmóviles, necias se niegan a abandonar al pueblo y su dolor.

Guayaquil está enferma. Un virus recorre con impunidad sus aceras, contaminándolas de abandono y ansiedad; el vigor del comercio agoniza en soledad, incapaz de levantarse por sí solo, pide auxilio a sus hijos, que impotentes, contemplan desde las ventanas y balcones su triste tragedia. Unos pocos audaces, animados por la desesperación y el hambre, desafían a la enfermedad, avanzan fugaces por las anémicas calles, ofertando en secreto sus mercaderías, cubren sus rostros con trapos viejos, rezando ser invisibles a los ojos de la ley, rogando que el virus no los alcance.

La tarde apenas inicia, y la gran vía que rodea la ciudad, contempla la procesión oficial, cientos de camiones marchan llenos de soldados con trajes especiales, van hacia los barrios populares, esos que se esconden al otro lado de la autopista. El objetivo, es hacer cumplir la cuarentena, grita un militar desde un altoparlante con voz de mando. El pueblo, atento como siempre a cualquier señal de alboroto, se lanza en precipitada carrera a refugiarse en las endebles casas de la zona, atrás quedan abandonadas, las sillas plásticas, las tablas de bingo y la pelota de futbol, que gastada de tanto maltrato, va rodando con pesar por las polvosas arterias de la barriada. Los soldados marchan buscando sin éxito algún desprevenido. Las calles están vacías. La ausencia de infractores, revela la desdicha de la ciudad, en su más degradante expresión; ya no hay vivos que arrestar en las calles. En las calles, sólo quedaron los muertos.

La noche se presenta con puntualidad, y las luces de Guayaquil se encienden en perfecta sincronía, los semáforos también se unen a la fiesta, parpadean incesantes, a pesar de que nadie se detenga a contemplar su brillo, son adornos inútiles que cuelgan de los postes, como recuerdos de las veladas vibrantes y sonoras que solía tener la ciudad, antes de que azote la plaga. En medio de toda esa coreografía de lentejuelas multicolor, unas velas se encienden en un solitario portal, flameando con valentía a pesar del frio nocturno, luchan en la más absoluta orfandad por mantener su tenue resplandor, un desconocido las encendió y se marchó con ágiles pasos que se perdieron en la esquina. Entre aquellos candiles, reposa un cuerpo sin nombre ni familia, otra víctima anónima de la enfermedad; nadie lo llora, sólo la ciudad siente su partida.

Un concierto de lamentos se escucha afuera de hospitales y funerarias, miles de ciudadanos sucumben y alientan la tragedia, unos ruegan por medicina, otros claman por ataúdes; desde lejos, suenan como un sólo conjunto de sollozos interminables, ya casi no se distingue la agonía de los enfermos, con el dolor de los muertos.

Las carrozas fúnebres se mezclan con las ambulancias, el macabro desfile de urgencias, se extiende como el virus, infectando toda la ciudad; con su recorrido de desgracia, alcanza lomas, barrios, zonas regeneradas, suburbios, estadios, mercados, parques y edificios, esta plaga, inclusive se atreve a explorar la riqueza más allá del gran puente; ningún lugar es inmune a su contagio, ningún ser queda impune a su castigo.

Guayaquil parece agonizar, pero su espíritu luchador le impide desfallecer; convaleciente, busca fuerzas en la madera del guayacán que no sucumbió al gran incendio; aunque languidece, mira con esperanza al cielo celeste y blanco que la cobija; el calor del ardiente sol costeño, de a poco le hace sudar la fiebre y espanta los escalofríos;  el rio que la abrazó desde su fundación, refresca con sus cristalinas aguas su golpeado espíritu; y principalmente, la voluntad pujante de sus hijos la alienta, recupera de a poco la fe en un mañana sin pandemia, ni enfermos; el vigor que la caracterizó desde siempre, vuelve y se rencuentra con ella; súbitamente, Guayaquil ya no se siente la Ciudad de los Muertos, reclama airosa su lugar en la historia del país; mil veces resistió, y siempre triunfó, esta vez no será la excepción.

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