OPINIÓN | Los médicos y su batalla contra la muerte

El estruendo de la ambulancia arremetiendo hacía la zona de emergencia del hospital lo despertó, aquel vehículo aceleraba con la convicción de un coche de carreras que veloz se apresta a cruzar la meta; las luces rojas de la sirena resplandecían con angustia, su canto de auxilio entonaba como nunca, una melodía de zozobra que invadía cada rincón de aquel inmenso edificio.

Sintió entonces, que abandonar el breve letargo que lo acurrucaba, era su deber, desprenderse de los cálidos brazos del agotamiento, esta vez, le demandó un esfuerzo monumental, y es que abrir los ojos, era como activar un portal que lo transportaba a una realidad de dolor e impotencia. Dándose valor, mientras se levantaba de aquella incomoda banca que lo había hospedado por breves minutos, repetía con esperanza y un ánimo combativo…Vamos a vencer, todo va a estar bien!!!.

El silencio súbitamente se había extinguido, una vez despierto, los gritos de los enfermos escarbaban su traje desechable, la mascarilla desgastada por el abuso le dificultaba respirar, las gafas artesanales que su esposa le había confeccionado, apretaban su rostro con intensidad.  Mañana llega el cargamento con artículos nuevos, vienen del otro lado del mundo, allá funcionaron, pensó con alivio.

El pasillo del hospital parecía un campo de batalla, mientras lo recorría rumbo a su trinchera, debía esquivar los cuerpos de los contagiados, uno tras otro, yacían desparramados en larguísimas filas, arrimados a las paredes, y los más graves, asfixiados en frías camas; todos, alineados en una especie de orden siniestro, como esperando su turno, para la redención o la rendición, eso nadie lo sabe.

Sus colegas esparcidos por doquier le dan dura batalla al enemigo. Donde estás maldito!!!, exclaman unos, como pretendiendo que el virus deje su etérea anatomía, para facilitarles la tarea. Presuroso, se une al ejército de internos, auxiliares, enfermeros y doctores, que en un esfuerzo titánico, inyectan soluciones de esperanza, recetan pastillas de fe, entuban el alma de los inconscientes, reaniman a los moribundos con oxígeno; mientras unos médicos, abrazan desconsolados el cuerpo inerte de los pacientes que perdieron la batalla, su llanto no alcanza a devolverles la vida, pero a ellos, les regresa la humanidad, esa que a veces parece escaparse, hastiada del horror que provoca la muerte en esas cantidades. Y pensar que nos llaman indolentes, reniega.

Los primeros rayos de sol arriban con puntualidad, entran por las persianas de aquella fría habitación y calientan los rostros de los sobrevivientes; al fin, mi turno acabó, suspira aliviado. Con ansiedad revisa el informe con saldo de víctimas y contagiados, la cantidad es aún extensa, piensa, mientras camina rumbo a su vehículo, lamentando que aquellas cifras, incluyan a tantos colegas y amigos, soldados caídos en una guerra que aún está lejos de acabar.

A la salida del hospital no encuentra aplausos ni aclamaciones, nadie que agradezca su desvelo, su triunfo es silencioso, como su ocupación muchas veces ingrata y siempre sacrificada; animándose repite la parte favorita del juramento que hiciera en su graduación de doctor, “La salud y la vida de mi enfermo, será la primera de mis preocupaciones”.

Seguramente mañana volverá, oremos para que así sea.

2 Comments

    • Es muy dura esta ardua labor de los médicos .pero a veces no comprendemos q ellos lo hacen por amor a su profesión y sobre todo salvar vidas .
      Dios los bendiga mis guerreros

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