Más de 40 años endulzando Manta: Fernando y su eterna tradición de helados de coco con pan

Tomado de Diario El Universo.-

Durante más de 40 años, Fernando Tuárez ha visto cambiar Manta desde la misma esquina. Por allí han pasado alcaldes, se han levantado edificios, han cerrado negocios y las calles han dejado atrás buena parte de la ciudad que conoció de joven. Él, sin embargo, permanece en el mismo sitio, detrás de su carreta y de un barril de helado de coco que, según cuenta, tiene un secreto sencillo: llevar mucho coco. “Porque, si no, ¿de qué estamos hablando?”, dice entre risas. A sus 60 años, Fernando lleva unos 42 dedicado a vender esta preparación, una tradición familiar que heredó de su abuelo y que convirtió en parte del paisaje cotidiano del centro de Manta.

Son las 11:00 y el calor aprieta en la avenida 2. A unos 500 metros del mar, la brisa apenas consigue aliviar el fogaje que se acumula sobre el pavimento. Fernando viste una camisa verde, jeans, gorra y unas gafas deportivas que no se quita ni para atender a los clientes. Su negocio lleva décadas en esa esquina. “Empezó con mi abuelo. Mi abuelo vendía, mi papá también y ahora estoy yo”, cuenta. Su abuelo, Reinaldo Sánchez, era conocido como “el Paisita” y, según Fernando, tenía ojos azules y una apariencia que hacía que muchos lo confundieran con un extranjero. En aquellos años, la actual avenida 2 era conocida como calle Colón y formaba parte de una zona comercial que concentraba iglesias, el faro, el edificio municipal y el movimiento de la pesca y la exportación de café.

El helado de coco con pan también tiene una historia propia. Fernando recuerda que durante un tiempo vivió en Guayaquil y allí observó que vendedores ambulantes ofrecían helados de coco, incluso dentro de los buses, pero nunca acompañados con pan. Esa combinación, sostiene, tomó fuerza en Manabí y se convirtió en una costumbre que todavía puede encontrarse en Manta, Portoviejo, Bahía y otros lugares de la provincia. La mezcla reúne un helado cremoso y frío con un pan de injerto, suave y ligeramente dulce y salado, que Fernando compra desde hace años en una panadería de confianza. “Ese le realza el sabor al coco”, explica mientras abre un pan y coloca dentro una porción generosa de helado.

La tranquilidad de la mañana dura poco. Un taxi se detiene y pide dos helados con pan. Fernando los prepara con rapidez, cobra dos dólares y apenas alcanza a retomar la conversación cuando llega otro vehículo. Después aparecen peatones, familias y más taxistas. Unos piden cono, otros vaso y muchos prefieren el tradicional pan con helado. Cada unidad cuesta 50 centavos si es en cono y un dólar en vaso o con pan, según la cantidad servida. La demanda es tal que los vehículos llegan a detenerse frente a la carreta y, en ocasiones, se forma una fila que genera pitos y reclamos. “Los policías ya me dijeron una vez que yo paro el tránsito”, comenta sonriendo. “Pero ellos también son clientes y les gusta el helado. ¿A quién es que no le gusta?”.

Para Fernando, la carreta representa mucho más que un trabajo. Es el vínculo con una familia que comenzó a vender helados en esa misma esquina hace varias décadas. Él llegó a Manta desde Santa Ana, donde nació y creció junto con sus hermanos en una familia dedicada al campo. Recuerda los inviernos de su niñez como épocas de lluvias intensas, ríos desbordados y caminos difíciles. La falta de oportunidades hizo que sus familiares fueran llegando poco a poco a la ciudad. Cuando Fernando tenía 18 años empezó a vender helados y desde entonces ha sido testigo de las transformaciones de Manta. “Era otro Manta, mi amigo”, dice. Ha visto cambiar edificios, pavimentar calles y pasar por su esquina a varios alcaldes que, como tantos otros habitantes de la ciudad, alguna vez se detuvieron a comprar un helado.

La tradición, asegura, no terminará con él. Aunque su hija eligió otro oficio, sus sobrinos ya trabajan en el negocio y son quienes continuarán con la venta. Ellos atienden de sábado a miércoles y Fernando se queda con los jueves y viernes. Mientras habla, vuelve a destapar el barril y remueve el espeso helado de coco. Dice que normalmente termina la jornada con el recipiente vacío porque sus clientes regresan por el sabor de siempre. Antes de continuar atendiendo, alguien le pregunta por qué nunca se quita las gafas de sol. Fernando acomoda el armazón deportivo, mira hacia la calle y responde con una carcajada: “¿Qué, no puedo vacilar unas gafas como estas? Yo las uso siempre; hable serio. ¿No me quedan bien o qué?”. Luego vuelve a su trabajo: abre otro pan, sirve el helado, cobra y entrega el pedido. La esquina cambia, pero Fernando sigue allí, conservando una tradición que su familia comenzó hace generaciones.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *